Nací el 1 de abril de 1958, en Salamanca.
Estudié hasta 4º de bachiller en el colegio de LAS TERESIANAS, y los cursos siguientes en Alcalá de Henares, en el Colegio de LAS ESCOLAPIAS.
Seguidamente fui al INSTITUTO NACIONAL COMPLUTENSE DE ENSEÑANZA MEDIA DE ALCALÁ DE HENARES, donde cursé COU, en el curso académico 76/77., y que por cierto, excepto las asignaturas de Política y Literatura, me quedaron todas.
Fue un curso difícil, desde los cuatro años había estado sometida a una disciplina, orden, control, seguimiento, horarios,... y pasé a “que no pasaba nada si no aparecía por clase”. Nadie te vigilaba ni te preguntaba. Se fumaba en las clases, a veces había pleno, y otras estábamos de “pellas” en el Bedel (Cafetería de encuentro para los que no eran “disciplinados”). Todo para mí era novedoso, hasta faltar a clase...
El problema llegó cuando los P.N.N. del año 77 se pusieron en huelga y los catedráticos no daban clase, con lo cual “se me juntaron el hambre y las ganas de comer”. Los profesores no impartían clases y nos pidieron ayuda y colaboración. De las fotocopias que nos proporcionaban unos y otros, íbamos llenando hojas y hojas, que a mi personalmente no me sirvieron para nada, pues cuando llegó junio, no me sentí capaz de poder superar tanta materia y aprobar.
En COU, en el momento que te quedaban tres o más asignaturas ya te daban “NO APTO” y pasabas a repetir curso. Pero un ángel pasó por allí, porque en el claustro decidieron que se nos brindaba la oportunidad de darnos “APTOS”, y poder sacarlo en septiembre.
Por aquel entonces, yo estaba haciendo el servicio social (ese fue el último año que se hizo) de la delegación Nacional de la Sección femenina, y me pedí realizarlo en una guardería donde tenía que ir al comedor a servir y ayudar a comer a los preescolares. Siempre me han gustado mucho los niños, y me he sentido muy feliz estando al lado de ellos. Conocí la guardería de San Bartolomé (pasados algunos años, fue ahí donde me casé, no por nada especial, tan solo porque yo quería casarme en Semana Santa para no pedir permiso en el Colegio, ya que llevaba poco tiempo trabajando)
Quien me enseñó la guardería y me dijo en que consistía mi trabajo fue el padre Emilio (ya lleva algunos años que no está con nosotros). Me explicó mi horario, lo que tenía que hacer en cada momento, me presentó a los cocineros y allí estuve mis tres meses de Servicio Social, que fue decisivo en mi vida. Gracias al Padre Emilio, mis estudios tomaron sentido; mi autoestima, de la que tanto ahora se habla, mejoró, y esto me ayudo a luchar por lo que siempre había dicho que iba a ser cuando era niña y me preguntaban: ¿Qué vas a ser de mayor? – Maestra, decía yo. Mis compañeras también lo decían, pero quizás no lo tenían tan claro como yo, porque ahora son médicos, abogados, amas de casa...
Claro que después de que los psicólogos en el Gabinete de Orientación de por aquél entonces, me dijeron por la valoración de un test, sin conocerme de nada, en una hora que estuvieron en el aula, y con la mayor frialdad del mundo, a mis dieciséis años: “Tú, Fernanda, mejor dedícate a la jardinería, decoración...”, vamos que no estudiara.
Recuerdo que discutí en el despacho de aquel señor, que de psicólogo, para mí, sólo tenía el nombre. Yo quería ser maestra, y si tenía que estudiar más tiempo, ya lo haría.
Cierro los ojos y me digo: ¡Qué bien nos ayudaban a motivarnos en los años 70!
Sigo con mi buen amigo, el Padre Emilio:
Un día me dijo: ¿Te gustaría ser maestra?
¿A que parece un cuento?... Pues es real. Eso, a mis diecisiete años, me estaba ocurriendo a mí, con todo un COU suspenso y tan solo unos meses de verano para sacarlo.
El padre Emilio me llevó a la Escuela Universitaria Cardenal Cisneros, donde se hacía Magisterio.
Me puse a trabajar de repartidora de productos AVON, me saqué dinero para pagarme una academia, por aquel entonces La Academia de Fonseca, ubicada en la Calle Santiago. Acudí todos los días de verano, renuncié a ir de vacaciones, trabajaba “pateándome” Alcalá, pues cuanto más vendía, más ganaba (mis padres sólo disponían de un sueldo).
Me encantó la escuela. Los H.H. Maristas me recibieron con mucho cariño, todas las aulas me gustaban, estaba como hechizada. Si entraba en esa Universidad, se cumpliría mi objetivo.
Llegó setiembre y me presenté a todas las asignaturas.
A la semana siguiente me acompañó mi padre (que hace unos meses que también se ha ido) a la escuela. Allí el Director, el Hermano marista Benito me hizo la matrícula. Había quedado matriculada en el Curso académico 76/77.Había un pequeño y gran problema, el económico. Pero había becas, de la Fundación de Santa María, y se la concedieron a mi padre, con lo cual empecé en setiembre a estudiar magisterio por la rama de Filología Inglesa (El director nos recomendó que hiciéramos esta especialidad por aquello de colocarnos mejor).
MI PERIODO DE PRÁCTICAS Mi periodo de prácticas y mi primer palo. ¿No dicen que los palos te hacen madurar...?
Verdaderamente no se si te hacen o no madurar, pero sí te hacen daño, y duele que te sientas engañada y te tengas que callar...
En la Escuela de Magisterio me permitieron realizar las prácticas en un Centro de E.E., ubicado en Canillejas. Allí acudí a realizar mis prácticas con niños especiales, con diferentes discapacidades, más psíquicas que físicas. Tan encantada quedé que el segundo año también las realicé en el mismo centro. El equipo de profesores era encantador y me sentía muy integrada. Tanto fue así que me hicieron un contrato y estuve sustituyendo durante un mes a una compañera. Fue mi primer sueldo, mi primera clase, mi primer claustro. Una experiencia que no se me olvidará nunca...
Lo que sí he querido olvidar es que me prometieron a poco de terminar mi tercer año, un puesto de trabajo en el colegio. Yo no es que estuviera contenta, yo botaba de alegría. Pero como todas las historias, ésta no tuvo un final feliz, pues no me hicieron un contrato, porque llegó una recomendación y...
¿Sabía más que yo?, no había trabajado nunca en El Centro. Ninguna de las dos teníamos Pedagogía terapéutica, pero a ella le facilitaron trabajar sin el Título. A mí me dijeron que sin él no podía trabajar.
¿Importaba realmente que esta persona no estaba preparada? ¿Qué clase de formación tenía?.
¡Cuántos interrogantes pude hacerme!
Me fui al Ministerio, me recibieron, me escucharon, pero tenía que denunciar. Hasta ahí llegué, porque no estaba dispuesta a echar a quien todavía no había llegado. Fue un desencanto y una buena decepción, pero una buena reflexión para mi aprendizaje.
Retomé mis ilusiones y mis ganas de seguir adelante, y al año siguiente, empecé de maestra de Educación Infantil, donde actualmente sigo, veinticinco años que llevo en El Colegio Marista San José del Parque.
Mi experiencia como maestra es muy positiva y reconfortante. Cuando llegué era muy jovencita, 22 años y soltera, y con apenas experiencia en este campo, pero con muchas ganas de aprender de quien me quisiera ayudar. Tuve la buena suerte de que así fue, porque con el equipo que me encontré, desde el primer momento fui una más en todos los sentidos: Para trabajar, organizar, programar, participar...
El día a día encierra muchas experiencias, que no están escritas en los libros, que no se estudian, pero que están ahí, problemas que surgen y tú eres la tutora y quien tiene que resolverlos. Reuniones de padres, donde tienes que responder ante unos padres que han dejado a sus hijos en el aula y que yo tengo que formarles, enseñarles, educarles, motivarles...
Es fundamental, y ahora todavía lo valoro más, la experiencia. ¡Puedes saber mucho, pero si no sabes transmitirlo...!
Ahí me deje llevar mucho y fui muy observadora. Mis compañeras llevaban enseñando a leer 17 y 20 años. Yo, acababa de llegar. Desde el primer momento me dieron 37 niños de cinco años, y un objetivo: Tienen que pasar a primaria, cuanto más lean, mejor; cuanto mejor escriban, mejor. Que cojan bien el lápiz, que conozcan los números, que sean creativos en sus dibujos... Hay reuniones, tengo que preparar un festival...¿Cómo superaré todo esto? CON AYUDA, es imprescindible que te ayuden, y sobre todo que te dejes ayudar. Siendo sencilla, no prepotente. No todo lo que se aprende está en los libros. Hay muchas teorías, muchas estrategias, pero es como las recetas de cocina: hay muchos ingredientes, y si sólo te ciñes a leer y no le echas una pizca de entusiasmo, motivación, entrega, dedicación y tiempo, poco rico te saldrá. Porque todo requiere su tiempo, mucho mimo, y un saber hacer.
Hoy en día las cosas han girado, y todo lo que afirmo es ahora, a mi compañera de 23 años a quien intento transmitírselo. Ella acaba de llegar, y le falta la experiencia. No estamos en el curso 81/82, cuando yo llegué al centro. Estamos en el curso 05/06, y han pasado años, pero mi compañera sigue necesitando a alguien que la oriente, que la guíe, que la enseñe a enseñar. Y creo que ese es mi papel hoy en día. Intento transmitir mi experiencia.
Trabajamos con niños de 3 años, son 28 alumnos en cada clase.
Las exigencias de los padres y la Sociedad han cambiado, pero lo que no ha cambiado es que es importante innovar, renovarse, seguir adelante, seguir evolucionando, y no quedarse atascado con lo que yo hice. Es importante evolucionar:
Abrirse a nuevas expectativas.
Saber escuchar a los jóvenes, con sus nuevas ideas e ilusiones, pero que ellos también sepan que los que estamos desde hace años aquí, estamos dispuestos a CRECER JUNTOS.